Subí al vagón sin ninguna esperanza de que mi viaje me asombrara y que ninguna efigie consiguiera retener el salivar y la acción del iris marrón, el que preside mis capturas.
El graznar de las vías del tren y marramizar de los corazones que arriba y abajo, derecha e izquierda recorren los pasillos del viaje me mantenía absorto; fuera de la conciencia vital sobre lo que acontecía, simplemente, la percepción armónica del DO RE MI me llevó al descuido de cualquier otra cosa.
De repente sentí un terremoto de viento frío Nebraskiano que llamó la atención rojiza de mis orejas y nariz; una energía ensordecedora había silenciado las notas que me habían mantenido absorto.
Al volver panorámica mi intención y girar el cuello hacia ambos lados, esperé encontrar un trono con una reina ataviada con corona y bastón, un superhéroe capaz de salvar a Kitty, Mary Jane o a la mismísima Maggie, o simplemente un remolino de rayos y retruécanos que iba a colorear las paredes del túnel.
Cuál fue mi sorpresa cuando entre tanto rebuzno y musitar de la mediocridad dilucidé que esa energía imperativa emanaba de una pequeña niña, que ni tan solo podía decidir por donde guiar su camino, y andaba dirigida en un cochecito de bebé.
La fuerza provenía de aquellos para los que la energía es que solo quieren cariño; me invitó a jugar, y yo mentalmente acepté con una genuflexión, de la misma forma que los fieles adoran a Jesucristo antes de la elevación del cáliz. Me dispuse a iniciar ese reto.
Yo quiero una de esas; blanca, amarilla, rosa, ocre, o simplemente una que ande para delante, para atrás, y en algunos casos hacia los lados. Quizás una que tenga diamantes, brillantes y piedrecitas redondas, como una princesa. A ratos una que nos deje luchar con dos espadas, que nos golpeé por delante en el corazón, otra por la espalda para reírse del émulo o antagonista, pero que nunca lo mate. Una que esté en mi techo cuando mamá apaga la luz, y las estrellas; pero que también esté en la ventana cuando miro después de cenar, y que esté cuando mi abuelita me lleve al campo en canícula. Yo quiero una de esas; una luna para jugar; blanca, amarilla, rosa u ocre.
Habían pasado muchos minutos, no había ni caído en la cuenta de que mi consorte no había entrado a reinar el metro de forma voluntaria, ni lo había hecho sola; y que tampoco era el único que había cedido a su belleza y energía. Sobretodo, no me había parado a cavilar que el viaje no iba a durar infinito más uno, ni tan siquiera infinito.
El reto había durado un tris, un pequeño lapso de tiempo imperceptible para los adultos, pero que en su caso seguro había sido como una saga de filmes, eso es la felicidad para ellos. Cuando yo aún no había podido ni intentar ser feliz en aquella encrucijada de espadas, piratas e islas del tesoro, ella ya disponía a sus dos pajes reales a abrirle las puertas, las que la iban a dirigir hacia el siguiente cielo, hacia la siguiente luna, y poder apreciarla junto a su nuevo socio compadrero.
Bye Bye me dijo con sus dulces manos pobladas de caramelitos en forma de dedos y una pulsera rosa de peluche navideño. Una, dos, tres y hasta veinte veces de forma insistente, hasta que volví a mi forma natural, la de humano que ha vencido a su primo el mico de cara larga, la de persona erguida ante el desazón; destruí la genuflexión para elevar únicamente dos veces mi mano, y disponerme a decir adiós.
Ella se había ido y yo, seguía aprendiendo de las lecciones que las páginas en blanco nos regalan a diario, como bocanadas de aire a doble o nada. El graznar de las vías del tren y marramizar de los corazones que arriba y abajo poblaban mi desatención, el DO RE MI FA que me llevaba al descuido vital volvían a ocupar el lugar que les corresponde…
